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jueves, 18 de marzo de 2010

Pacifico Salvaje


En el noroccidente del país se combina la bravura del Pacifico con la riqueza natural del bosque de selva húmeda. Cinco municipios y una decena de corregimientos se esconden el rincón noroccidental del octágono chocoano, entre las oscuras piedras del océano Pacifico.

Las que antes eran villas puramente indígenas hoy están dedicadas al turismo y a la pesca, y se han convertido en los lugares más atractivos y visitados de este extremo colombiano.

Para quienes vivimos tres cordilleras a la derecha, este lado de Colombia es misterioso y desconocido; ignoramos sus encantos naturales, tal vez porque la costa Pacifica ha vivido a la sombra de su vecina del Atlántico.

El litoral del Pacifico se retuerce al bordear los acantilados que alternan con playas y manglares. Muchos están formados por rocas volcánicas se encuentran cubiertos por un denso bosque de selva húmeda que se extiende hasta el nivel de marea alta. A veces aparecen largos tramos rectos de playa como los de las ensenadas de Bahía Solano, Tribugá, Coquí y Arusí.

Junto a la línea de la costa brotan restos aislados de roca, a manera de pequeñas islas abruptas, llamadas pilares. Azotados por el oleaje, estos islotes, como Morromico parecen un pétreo desplante frente a la costa de Tribugá, de la que un día formo parte. Sobre él, una colonia de pelicanos ve pasar el tiempo en el litoral. Roca, espuma y bosque, expresión del Pacifico en todas sus formas.

La costa Pacifica posee una gran riqueza, gente encantadora, caminos poco transitados, ríos traslucidos, bosques frondosos y un rosario de pueblos apacibles donde hay rincones que se pierden en el tiempo. Algunos afirman que hay un “arte de vivir” en el Pacifico, una manera de afrontar la vida, basada en la comunicación con el mar y en la máxima de “vive y deja vivir”. En la calma, el gusto por la serenidad y la sonrisa. Por eso aquí las conversaciones y la vida no llevan prisa.

Tomado de El Tiempo.

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